La soledad de los jueves noche

Como cada jueves, el tiempo se acelera
para que el sol se escondan y escapen los fantasmas. 
Entre líneas apuradas, los guiones quedan al margen
con la intención de vislumbrar el recorrido del lápiz.

Según el cielo se va a pagando, y las estrellas intentan
salir a escena, el puño que presiona la garganta va apretando
con la pretensión de una noche, que acaba convirtiendo en dogma
lo que antes tan solo era un efímero pensamiento líquido.

Las palmas de mis manos se arremeten contra mis mejillas,
dejando de tonos cálidos lo que en su momento
fue una dulce forma de recibir todo el enorme afecto.
Todo el esperpento que se convertía en hogar entre los dedos.

La soledad florece a cada pensamiento que dedico al vacío
que un día me dejaron aquellos que en su momento llamé 'amigos'.
La soledad abarca mi cintura y me estremece para que los jueves,
que acaban convirtiendo en domingo cualquier viernes,
me regocijen en el pozo que entierro cuando llegan los martes.

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