Seis meses sin escuchar mi voz


Han pasado casi seis meses
desde la última vez que mi voz
sonaba más grave que nunca
sobre mis cálidos oídos.

Tanto tiempo desde aquel mar
que arremetía contra mi cuerpo
impidiendo cualquier tipo de movimiento
mientras no paraba de caer.

El olor a café amargo que bañaba,
sin prisa, mis cansados y tristes pasos.
Un olor, que entre agrio y cítrico, se pegaba
hasta que tus costumbres lo volvían necesidad.

Entre los chillidos metalizados que emanaban
sobre las cabezas en construcción del universo.
Bajo mi yugo, y sobre mi espalda,
los brazos se alargaban para sujetar y evitar mi descenso.

En consecuencia de la insoportable pérdida
y del silencio que deja cuando uno dice adiós,
los vértigos que evitaban mis fallos
se han convertido en pérdidas de lo que era yo. 


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